Enfrentando la pérdida de un ser querido

Enfrentando la pérdida de un ser querido

La tristeza y la angustia son elementos que compartimos todos los seres humanos al enfrentar la inminente pérdida de un ser querido, ya sea por enfermedad terminal, como el cáncer avanzado, o de forma abrupta, como un accidente automovilístico.

Es una de las mayores pruebas de adaptabilidad que tarde o temprano la mayoría de nosotros enfrentaremos y manejaremos: la muerte de un ser amado.

El duelo es toda una gama de sentimientos que experimentamos ante la pérdida de alguien que tenemos en gran estima y afecto, que se superan solo después de un tiempo (meses) siendo un proceso que no se puede evitar ni apresurar. Las manifestaciones del duelo varían con el contexto cultural, pudiendo ser los rituales y ceremonias completamente públicos y expresivos, o privados y silenciosos. En algunas comunidades, la muerte es vista tan solo como un paso en el ciclo continuo de la vida y la muerte, y no como un alto total. Aunque es difícil definir la manera ‘normal’ de experimentar un duelo, los sentimientos experimentados son similares en las diversas culturas. Por lo anterior, es importante conocer las etapas propias del duelo, cómo evitar quedar atrapados en el proceso, y cómo buscar ayuda o brindarla de ser necesario.

Al cabo de horas o días de la pérdida, la gente tiende a negar o a no creer lo que está sucediendo, incluso si ya se esperaba que sobreviniera la muerte. Esta sensación de aturdimiento emocional puede ser útil para realizar los arreglos inherentes (llamar a los parientes, organizar el funeral, etc). Sin embargo, esta sensación de irrealidad puede ser un problema si se prolonga demasiado tiempo. Asistir al funeral o ver el cadáver puede ser penoso y doloroso, pero son formas de despedirnos de nuestros seres queridos y una manera de empezar a superar esta etapa, asumiendo la realidad. El no hacerlo así retrasa o complica el proceso, y generalmente conduce a una sensación de profundo arrepentimiento en el futuro.

Con el tiempo (generalmente a las dos semanas) desaparece este aturdimiento, o suele ser sustituido por sensaciones de angustia, inquietud, o enojo. Se dificulta la relajación, la concentración, y el adecuado dormir. Puede haber sueños perturbadores, y algunas personas sienten que ‘ven’ al ser querido por doquier (en la calle, en el parque, etc). En esta etapa es común que las personas sientan enojo hacia los médicos y enfermeras que no hicieron nada para impedir la muerte, hacia amigos y parientes que no hicieron lo suficiente, o incluso hacia la persona que los ha abandonado. Aquí puede surgir el sentimiento de culpa al reconsiderar lo que habrían hecho distinto para evitar el desenlace fatal, olvidando que habitualmente la muerte está fuera del control de nadie. El sentimiento de alivio que se experimenta cuando alguien ha muerto después de una enfermedad particularmente dolorosa y aflictiva también puede ser fuente de culpa.

Al estado de inquietud y angustia le siguen momentos de silenciosa tristeza, retraimiento, y cambios repentinos del estado de ánimo que resultan desconcertantes para amigos o parientes. Los periodos de depresión se tornan más frecuentes e intensos entre las cuatro y seis semanas posteriores. Es una etapa para la reflección y constituye una parte silenciosa pero esencial del proceso de aceptación de la muerte.

Al transcurrir el tiempo, el intenso dolor del duelo inicial empieza a desvanecerse. La depresión disminuye y se vuelve posible el pensar en otras cosas e incluso mirar hacia el futuro una vez más. No obstante, la sensación de haber perdido una parte de uno mismo jamás desaparece por completo, y es en esta etapa final cuando se ‘deja ir’ a la persona que murió, y se sigue con la vida o inicia un nuevo aspecto de la misma. La depresión cede por completo, el sueño se regula, y la energía vuelve a su nivel normal.

La muerte de un ser querido pone nuestro mundo de cabeza, y es una de las experiencias más dolorosas que podemos soportar. Puede ser extraño, terrible, y abrumador. A pesar de ello, constituye una parte de la vida por la que todos atravesamos, y habitualmente no requiere atención médica.

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