¡Enamórate de tus críos tal cual son!

¡Enamórate de tus críos tal cual son!

El mundo tiene suficientes mentes brillantes y cada día nacen más, tratando de ordenar los átomos, descubriendo curas, elevando cohetes, financiando el mundo.

Estamos convencidos de que el mundo necesita también más seres como Mariana, llenos de humildad, que amen por sobre toda circunstancia, que rían diariamente y sin motivo aparente. Si el mundo y la naturaleza en su infinita perfección no los hubiera necesitado tal cual son, no los habría colocado junto nuestro para que aprendiéramos nuevas maneras de ver las cosas.

No. No estoy diciendo que desprecio la inteligencia ni la formación que busca perfeccionarla o potencializarla, solo que observo que muy poco valor le hemos dado en la práctica a la inteligencia emocional, a la creatividad, al arte y al juego. Digo que en la práctica, porque en el discurso, todos decimos que un pequeño criado en los valores, es lo mejor que puede sucederle al mundo; pero mientras decimos esto, empujamos a los hijos a clases vespertinas para mejorar el idioma, para sobresalir en matemáticas, para ser más avispado en ciencias, para ser los mejores en español. Los presionamos tanto a la perfección académica, que no les obsequiamos el espacio que con espontaneidad la naturaleza les ha otorgado al ser infantes, que es la de explorar, descubrir, hacer “nada”, comer lodo, perseguir una lagartija, inventar mundos.

Quisiera creer que es a través del deporte que los niños pueden ser eso justamente, niños. Pero hasta allí hemos pervertido el propósito.

Hoy lo más importante es pertenecer a un equipo, no para divertirse animosamente sino para mostrar estatus, para ganar trofeos, no para aprender a competir, sólo para ganar.

Respetamos profundamente el estilo de crianza de cada hogar. Sean niños regulares o niños y niñas con alguna capacidad diferente.

En nuestro caso, vivir la formación de Mariana quien tiene síndrome de Down, nos ha llevado a muchas y profundas reflexiones. La más trascendental, la de preguntarnos ¿qué es la normalidad? y por qué obcecadamente, queremos insertarlos bajo ese concepto. Hacerlos vivir bajo ese parámetro, como si su propio mundo no fuese lo suficientemente maravilloso, como si nosotros fuéramos siempre los que tenemos la mejor opción y no fuesen ellos capaces de enseñarnos a vivir a su estilo.

Entiendo que siendo parte de una sociedad, debemos desarrollar en ellos, habilidades para que puedan desenvolverse sin problema.

Comprendemos que es importante que sepan leer, que puedan escribir, que conozcan de números. Pero sin mayor pretensión que la de saber que les serán útiles para ser quienes ellos son. Con potencial de descubridores físicos, literatos o maestros pasteleros que necesitan seguir la receta.

Lo que sea que signifique para cada uno de ellos la felicidad.

Los seres humanos no somos entes estándar, cortados con la misma tijera, es más, ni siquiera programados con un mismo software.

Pero el mundo en el que vivimos pretende que así sea y nosotros lo permitimos.

Hay una crisis de talento humano. Sin embargo seguimos perpetuando el mismo modelo de educación aprendizaje, aún cuando sabemos que no es el que nos dará resultados distintos.

Los humanos no hemos aprendido a usar todo nuestro potencial intelectual. Ni lo llegaremos a hacer si seguimos perpetuando el mismo método. Los talentos son tan diversos, como seres humanos en el planeta. Creo oportuno que nos atrevamos a observar y a validar otro tipo de inteligencias. Quizá no existan escalas que nos ayuden a “medir” su efectividad, quizá no exista sistema de calificación que les “asigne valor” pero quizá son esas inteligencias de las que nuestro mundo está hambriento con urgencia.

Hay tantos niños y niñas que con calificaciones “perfectas” siguen sintiéndose que no son lo suficientemente buenos para algo.

Ese sentimiento lo ha incrustado nuestra voraz ansiedad de padres y madres que no sabemos, ni queremos tener hijos que “desperdicien” su capacidad, limitándolos a cubrir numéricamente un estándar, buscando afanosamente y sin descanso que “hagan algo con su vida”.

Jeremy Bentham, un gran filósofo inglés, dijo: “hay dos tipos de personas en este mundo, los que dividen el mundo en dos clases y los que no”.

Bajo este pensamiento, diría, que no es que existan los “normales” y los “especiales”. Es que existen humanos. Diversos. Punto.

Si habré de considerar dos clases. Me enfocaría en que existen los que disfrutan lo que hacen y los que padecen lo que hacen.

Muchos de los que disfrutan lo que hacen, no siguieron las reglas, ni los métodos, ni las súplicas de la familia a ser de tal o cual forma.

Muchos de los que padecen su día día, se obligaron a no dedicarse al arte “porque eso no da para comer”, se obligaron a ser médicos “porque la suya era una familia de médicos”, se obligaron a ser lo que “sus padres les dijeron que era lo mejor”.

Hay tantos seres humanos definidos por lo que hacen no por quienes son. Que no estaría mal que seamos respetuosos y humildes de corazón asumiendo que la condición Down no es tajantemente una discapacidad.

Mariana es distinta y celebro que lo sea, y me obligo día a día a no privarle que lo sea.

Está a casi nada de que una prueba académica defina si se gradúa del jardín de niños y se aventura a su formación primaria.

Pero por esta ocasión, no es nuestro deseo que una escala numérica defina algo tan trascendental, que dicho sea de paso, está fuera de toda escala.

No dudo de la capacidad de mi hija. Es mas, quizá peco de exagerada al celebrar sus virtudes.

Pero hemos decidido que goce de un año más de ser niña.

El jardín de niños es un ambiente perfecto del cual no nos apremia que salga. Al menos no este año. Allí ha encontrado maduración y su propio ritmo. Allí ha encontrado amigas y amigos que desde la nobleza de su alma, no categorizan a Mariana. Es más, ni siquiera la disculpan. Ella es una más en el salón. Alguien con quien pelean por el resistol, los materiales y ser primero en la fila del refrigerio. Allí ha tenido la fortuna de tener guías que la orientan a explorar sus talentos y la impulsan a ser mejor ser humano.

No dudo que en equipo, lograríamos que Mariana produzca notas extraordinarias. No dudo de su implacable tenacidad a prueba de todo. En los dos últimos años ha dado un salto cuántico. Y eso ha sido posible a que hemos privilegiado al tiempo, al amor y a su increíble sagacidad. Todo en un mismo trinomio.

Anhelamos para Mariana una vida tan sublime, que sea fuera de todos los moldes. Así que deseamos romper el primero.

Solicitamos que no sea promovida a primero de primaria. Solicitamos que siga gozando de un ambiente aleccionador, disciplinado y amoroso como el que ahora tiene en el jardín de niños. No deseamos apresurarla a esa “normalidad” que hemos asumido como la mejor. Miren ustedes que toda esta humanidad en la “normalidad” no es ni por asomo la más feliz.

Un año sí hace la diferencia.

Es nuestro deseo que consolide sus habilidades orales, sociales, de comprensión, de sentido y trascendencia.

No es nuestro deseo empujarla a lo que nuestra generación de adultos hemos concebido como excelencia, hemos decidido dejarnos arrastrar a su mundo excelente.

Que encuentre en sus trazos infantiles la semilla de una artista, en sus rondas y canciones, la talentosa bailarina que puede ser, en sus experimentos con frijolitos en un frasco, la botánica jamás conocida.

Quiero que su hambre por conocer el mundo nos sorprenda. Que vea el pizarrón, el abecedario, los números y quiera más de ese mundo. Que se le antoje el conocimiento, no que lo padezca.

Como madre asumo con convicción que este año haré que sea memorable para su maduración. Su padre se compromete a lo mismo.

Ojalá y todos los adultos “normales” hubiésemos tenido la opción de perfeccionar el arte de saber ser humanos, cualidad innata que se evapora tras la infancia. Ojalá todos hubiéramos tenido la opción de perfeccionar el arte de ser niños. Pero este mundo acelerado nos lleva en ráfaga. Brincando cada vez más temprano etapa tras etapa.

Ahora los niños leen a los 4, incluso desde los 3 años. Es tan sorprendente que se antoja perezoso que nosotros aprendiéramos ¡hasta los 6! sin embargo, leer antes, sumar antes, escribir antes, está claramente produciendo niños prodigios, que no siempre, niños felices.

Estamos buscando desencantarnos de nosotros mismos y de nuestros “perfectos modelos” para dejarnos sorprender y aprender por nuevos mundos.

Eso intentamos hacer para y con Mariana.